Calmar sus llantos de bebé, cambiar sus pañales y hacerla dormir en mi regazo... era el mejor trabajo que tenía, era la mejor manera de terminar mi día.
Su primer día de clases fue tan emocionante, que fui yo el que no quería separarse de ella en la puerta de la escuela. Asistí a todas sus actuaciones, incluso fui yo el que preparó su torta de cumpleaños al cumplir 7.
Le canté una canción en su fiesta de quince, lloré al despedirme de ella en su viaje de graduación y lloré aún más cuando escuchamos su nombre en la lista de ingresantes a la universidad.
A sus 17, un día se me acercó y sollozando me dijo: -papá... papá... estoy embarazada, lo siento mucho- mientras sus lágrimas recorrían todo su rostro.
Sentí que mi corazón se detenía y que mi alma se partía mil pedazos... no pude contener mi impotencia y por primera vez en su vida... la abofetee.
Se volvió a acercar a mí y sin poder resistirme... la abracé, la abracé con todas mis fuerzas, la abracé como la primera que vez la tuve entre mis brazos y le dije: -te amo tanto hija... y amaré a tu bebé también de la misma manera-
Hoy mi nieto cumple siete, su mamá le preparó la torta y él se llama como yo.
Yo aún recuerdo la promesa que hice
el primer día que nació mi hija...
y no pienso olvidarla.
En honor a ti...





